Suavemente entusiasmado
Hace un tiempo caí enfermo, gangrena espiritual, cicatricé mis ojos, orejas, nariz y labios, una enfermedad demasiado contemporánea para mi gusto. Estaba acostumbrado a transitar dentro de mi mismo, a veces transitar en superficies lisas y pulidas, en las cuales pudiera reflejarme. Caí enfermo, intenté adaptarme a rutinas de rehabilitación, no pude ver exactamente hacia adonde iba. Mi último recuerdo antes de que mis sentidos colapsaran; me había convertido en quien quería ser, no tenía donde ir, no podía soñar, todo era sueño. Pues, ese era el fin de la historia, apenas pude sentirlo se los compartí, hablé mucho de eso. Esto va a sonar muy Pilar Sordo, pero tuve la sensación de que el fin de la historia es el fin de uno mismo. Me obsesioné con cosas relacionadas al transhumanismo, el cuerpo era una cárcel, creo que no lo entendí bien. Quería ser un androide, pero gritaba y no entendía los códigos, me emocionaba y me caía. Cárcel y cuerpo, presión y prisión, la dialéctica entre la carne y el hueso, mantra nuevo. En resumen, me sentía mejor percibiéndome imperfecto, cruce la linea y no había nada, esa es la gracia del fin de la historia, tuve que retroceder, no había camino de vuelta. Fui Ícaro en el club de los 27, desentoné ¿Nirvana? algo así. Durante todo este proceso no pude escribir y, menos mal que no pude hacerlo, antes de esta entrada tenía otra con estilo de manifiesto, es asquerosa, quizá cuando vuelva a ese punto la pueda publicar sin ningún escrúpulo. Esta también es una entrada de mal gusto, pero es muy sincera, es lo más sincero que he escrito alguna vez.
Estoy atrapado al otro lado de la linea, no había nada y me dio frío, era imposible volver. Al otro lado, de donde vine, había un espejo grande que obstruía la salida, me puse a jugar. El tiempo era algo muy extraño, pero supongo que pasaron un par de semanas, sigo teniendo frío. Mi reflejo está al otro lado, que tampoco es un lado, es como este lado, pero del otro lado de la linea, se ve mejor que yo, camina en dos piernas y no mira al suelo, porque no hay nada, pero arriba tampoco hay nada y enfrente estoy yo. Nirvana o algo así. Un día encontré una abertura, vidrios rotos, un agujero pequeño, del tamaño de una pelota de fútbol, yo soy una persona pequeña, pero más grande que una pelota de fútbol, no podía pasar entero. El otro lado no se parecía al lugar de donde yo venía, era bello, recordé la estética de la vulneración, abrir una herida para poder percibir la belleza. Empecé por cortarme los ligamentos de mi brazo derecho, soy zurdo, fue una decisión más práctica que política, una combinación de dientes y uñas, el brazo pasó al otro lado, luego mis piernas, básicamente lo mismo. Mis intentos desde adolescente por trastocar mis valores siempre había resultado en la eliminación de estos, lo que vi fue hermoso. Pasé de ese modo mis demás extremidades, espectáculo grotesco.
Lo malo de devolverme, por medio de la estética de la vulneración, fue, que como yo, una persona ignorante en todo lo relacionado a la anatomía, y amputado de la mayor parte de mi mismo, no pude, ya en el otro lado, volver a articularme como una persona. Mis trozos siguen tirados, a veces le grito al otro lado del espejo esperando a que vuelva a caminar en dos piernas, como yo y mi vacío. Pero la sangre, los trozos de carne y la cabeza con mirada pérdida no dan ninguna señal de esa carencia permanente que con cariño llamamos vida. Con el tiempo aprendí a no mirar al suelo.
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