De maravilla
Siempre es interesante, al empezar a escribir algo, transparentar las razones de por qué lo estamos haciendo, esa acción compulsiva de hilar palabras para transmitir cosas que les queremos hacer llegar a otros que llamamos con la aburrida palabra: escritura. Yo, esta noche me siento obligado a escribir. Es como si el tiempo, el clima, el frio, las nubes en el cielo y mi animo alteradamente templado me sujetaran los dedos frente a este teclado, me susurraran en la oreja, letra por letra, palabra por palabra lo que escribir, con una claridad preocupante. Preocupante por el hecho de que estas motivaciones que determinan mi escritura no quieran revelarme su plan secreto. Preocupado porque el día me tiene así.
No hay muchas cosas que me afecten en mi día a día, me he preocupado por reservarme todo lo que pueda ser estimulante para mi intimidad, cuando vives en internet todo es intimo, pero en este caso estoy hablando de una intimidad más profunda, no una mediada por tantos seres sin forma. Más allá del internet tengo un jardín propio. Es mi santuario y no dejo entrar a nadie ahí. En mi santuario tengo colgados mis mayores secretos, como cuadros que decoran una habitación. Mis más peligrosos fantasmas en una celda de mi propio espacio personal, mi santuario es el lugar que menos paz alberga en mi mundo. Mi intimidad es un monstruo. Lejos de escapar de él, cuando lo descubrí, me sentí aliviado. No estaba solo, tenía un gemelo oscuro e impredecible, poco educado en sus maneras, salvaje en sus hábitos. No puedo hablar que mi jardín, mi santuario, sea solo mío, es un lugar compartido, al que escapo para sufrir los mayores placeres, los cuales solo se encuentran en el dolor del autodescubrimiento. Cuando me arranque mis extremidades y me dejé caer para encontrarme con mi propia degradación y mi trascendencia a través de mi carne podrida, que daría luz a nuevos seres, solo pude darme luz a mi mismo, en partes autónomas, que funcionaban con independencia pero a la vez no se podían separar, di vida a un ser de luz y a otro de oscuridad, que le produjera su justo contraste. Si me preguntaras ahora cual de los dos soy, cual es el que habla al escribir en este testamento, no sabría que responderte, lo único que sé ahora es que mi monstruo me comió. Ahora no vivo en la boca del monstruo, como lo intentaba hacer antes sin mucho esfuerzo. Ahora vivo en su estomago y el vive en el mío. Todo lo que para mi es mundo, es santuario para mi monstruo. Todo lo que para mi es santuario, o jardín, es el mundo para mi monstruo. Sé de antemano que el mundo no es una dualidad, ni tampoco es algo, pero ese es el transito que me puedo permitir ahora.
El tiempo pasa, después yo paso, después eso pasa.
Sabiendo de sobra que esto es un problema mayor acudí al técnico a que me ensamblara mis piezas de nuevo, pensando de algún modo, que esto era parte de algún desperfecto mecánico, el doctor por su parte me dijo que era un desbalance bioquímico, que debía cuidarme de los virus informáticos, ya que son estos los que probablemente estén generando realidades alternas, dentro de las cuales me estoy desplazando, no tanto por mi voluntad, sino por un descontrol del deseo interno. Un desperfecto de fabrica o una cosa de software. Así que accedí a la instalación de algún antivirus que sellara al santuario, que me quitara mi jardín. Teniendo en cuenta el placer al que me iba a negar, al peligro del que me iba a escapar, decidí pensármelo dos veces antes de mutilarme a mi mismo otra vez, a lo mejor solo lo decidió el monstruo por si mismo, no lo sé, pero eso ya dejó de ser relevante hace tiempo, ahora solo hay girasoles.
Lejos de encontrarme normal, flotando como siempre lo hacía, entra las redes de los tejedores, prefería quedarme en mi casa intentando hallar la puerta oculta de mi santuario. Sentía ese órgano fantasma, sentía los gritos, como sus gruesas uñas rasgaban las paredes, no podía verlo, la operación ya estaba hecha, estaba solo otra vez, o quizás, solo no es la palabra, el ente, el monstruo, esa molestia interior, seguía manifestándose, pero no podía interactuar con él. Si él se movía a una habitación yo tenía que dejar de estar ahí, si necesitaba el baño en la noche, debía orinar en el patio, la cocina fue uno de los primeros lugares que perdí, pronto ya no había ningún otro lugar donde pasar el rato. Aunque no era algo que realmente me molestara, ver las plantas crecer es un espectáculo maravilloso. Mi único problema son los girasoles de mierda que no me dejan de mirar, cada vez son más, y no diría que es un lugar con mucho espacio, es casi una pequeña habitación sin techo, no hay puertas y ventanas, solo paredes de ladrillos oscuros, donde crece un musgo verde pálido y una que otra margarita inofensiva, más de alguna maleza debe haber, pero no alcancé a registrarlos visualmente antes de la aparición de los girasoles, ellos no dejan ver nada, todo yace bajo su sombra o su mirada violenta, no importa donde esté, siempre hay un girasol mirando. Quizá si se molestaran en decir alguna palabra no me sentiría tan solo y tan observado. Quizá, no me sentiría tan obligado a escribir las palabras que me dictan, si es que fuera posible ver algo por mi mismo. Este no es mi mundo, es el mundo del monstruo, y por lo que me queda de tiempo, antes de que los girasoles decidan crecer dentro mío, solo podré anotarles estás palabras como un triste souvenir, como el fantasmagórico proyecto inconcluso de un futuro cancelado, de una linea de desplazamiento dentro de la cual ya no se va a poder transitar, no lo vean como una despedida, es más bien un cambio de editorial.
Les deseo buenas noches amigos, yo no volveré a tener una, ninguna noche brillante es natural, y todo lo que miro brilla como oro, todo va a brillar hasta que el día eterno acabe y el mounstro decida enterrar el lugar que lo vio nacer. Yo, en cambio, en este día espero que mi mounstro pueda desear algo, sabiendo que es imposible, porque al igual que yo no tendré noche, el no tendrá deseo y siempre vivirá en estas cuatro paredes, intentando entrar en el sol para apagarse de una vez por todas.
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