Esqueje
Siempre he preferido, y se me ha dado mejor, escribir en vez de hablar. Sobre todo por la comodidad que implica no tener a alguien enfrente, en estado expectante en el mejor de los casos, sordo y ansioso en el peor.
Escribir no exige una respuesta inmediata, queda patente. En cambio al hablar las palabras flotan y son cazadas antes de florecer y poder dar frutos. Aunque es verdad, es un capricho elitista, esperar a que la gente se de el tiempo de buscarte donde ya no estás, un anhelo que hasta incluso yo consideraría un poco oscuro. Pero tiene algo de romántico, en el peor sentido del concepto, eso de desenterrar las piezas, armar un mapa con ellas, darle forma a las direcciones que llevan hacia la esencia de uno mismo, mejor quitemos esencia, digamos autenticidad. No, no me gusta, es peor que esencia. Digamos: "verdadero nombre". Entonces, desenterrar las notas que un otro deja por ahí, para de algún modo equilibrar la balanza de lo necesario y lo ausente dentro del contorno personal de quienes contemplamos y buscamos con disciplina cierto atisbo de belleza auténtica.
Creo que mi desocupación actual me ha invitado, de forma obligatoria, a contemplar y soltar. A descansar la voz, osea, no improvisar tanto. Me di cuenta que el mecanismo del descanso estaba obsoleto por el solo hecho de ser un mecanismo. Nunca iba a crecer, porque los tornillos no crecen, a diferencia de las plantas que si lo hacen. Pero los tornillos no mueren, y tampoco se degradan tanto cuando uno los va a enterrar, como los huesos.
En este punto de la historia uno se puede pensar como una especie de perro, un dios de la muerte por excelencia que entierra y desentierra huesos como pasatiempo. Solo que en este caso no son huesos, son piezas de metal producidas en serie, cada una con su propio código de barras identificatorio, nada especial por si mismo, pero si como una pieza de una maquinaria más grande.
Mejor aún, imaginen ese cuerpo metálico dentro de una botella, dejada ahí por un naufrago que no quiso morir todavía, inmortalizando partes de su cuerpo en contenedores flotantes, que a diferencia de su cuerpo, si tienen las propiedades para vagar por un largo tiempo sobre el oleaje. Hasta que es encontrado o destruido. Incluso si el verdadero nombre no es encontrado, va a vivir una vida más larga que si el naufrago fuera rescatado. La botella es un esqueje que hará crecer otros náufragos dentro de aquellos quienes lean en la botella su nombre auténtico.
Es un poco inquietante, no es sorprendente que la gente no quiera guardar piezas de su alma, pistas de su verdadero nombre, en papelitos de fragilidad inmortal. Si lo pensamos bien, es más sencillo que te dejen enterrado, que no te molesten hasta que llegue tu segunda muerte, el olvido. Nunca he escuchado a un muerto quejarse de su condición, los muertos no hablan, no te van a decir su verdadero nombre, ni nada, en fin, no hablan.
Mi preferencia por enterrar huesos no es solo una cosa de mal gusto, tiene que ver con mi infinito amor a la vida, que como todo exceso, se rebalsa de mis ojos, como un metraje de celuloide inflamable, un material inédito que en algún lugar se debe guardar. Porque no se puede vivir con eso y menos se puede mantener cerca, ocupa demasiado espacio y se deben prevenir los incendios, esas cosas prenden fácil. Y si se dejan dentro es incluso más peligroso. ¿Han escuchado hablar de la combustión espontanea? No es una broma. Ni tampoco una muerte deseable en ningún caso. Mi argumento les podrá dar a entender que sobre la balanza están equilibrados mi amor por la vida y mi completo desprecio a la vida misma. Es verdad, es confuso, pero eso no lo hace menos real.
Hay que vivir ligeros, yo ya me desahogué.
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