Matar el tiempo
Los recuerdos muchas veces no son imágenes fijas, muchas veces tampoco son deseables. Para refrigerarlos y guardarlos bien, en un lugar hermético lejos de uno, debemos usar ciertas herramientas que nos sirvan para este tipo de tareas. La idea de usar estas herramientas es lograr hacer cuajar la hora en el reloj, para así mantener los recuerdos cerrados, tanto a los buenos como a los malos, también a los útiles, sin hacer una distinción que nos impida, por una innecesaria piedad hacia las memorias, realizar nuestra tarea de eliminar al tiempo.
Para hablar del pasado hay que interrogar a las horas, ellas desean tener un mejor lejos que les haga justicia y por eso, a veces, no les gusta presentarse por lo que son, prefieren hacerse ver por lo que fueron un día, moscas. Las moscas, o horas, son insectos que cubren bien el campo y la ciudad, que se posan sobre nuestras muñecas y de la manera más natural posible, empujan las manecillas y hacen andar el reloj.
No a todas las moscas les gustan las flores, pero a las mías sí. Entonces para nuestra misión podemos empezar por algo así como buscar una manera de brindar una mejor vida a las horas. Como herramientas tomaremos a las flores que compramos en la entrada del cementerio. Esos detalles coloridos que nunca deben faltar para coronar la ocasión, como lo es en este caso, una fiesta para las moscas, ellas aman los adornos, son consumidoras del arte por naturaleza.
Yo me ofrezco para la misión y arreglo los adornos, y con eso esperaba emocionado acabar con mis demonios y proyectos pasados, al menos eso me prometían las horas. Me muevo entonces hacia un futuro con unos pocos cajones de salida para guardarme. Mientras me mantengo ahí, todos saben quien soy, la etiqueta está afuera del cajón, con mi nombre y dirección, eso me había dejado en una posición bastante vulnerable. No pude hacer más con eso, así que me arreglé para la fiesta, me vestí de gala. Ya adentro, no perdí la oportunidad de perderme entre medio de tantos lugares que se ofrecieron y vendían, yo por decreto me perdí en el espacio que hay entre el haber podido tocar una fotografía y participar en ella, ser fotógrafo y espectador en una dimensión en que mis oportunidades y las tuyas se definían por lo que vendía el mercado o el supermercado. No encontré él lugar. Me fui lejos hacia donde se escuchaba más fuerte el zumbar de las moscas, en este punto estaban hambrientas y enojadas.
Me bajé del metro en la estación que nunca fue, me hice mis cosas, preparé mis rituales, enceré mis anillos de una forma en la que aun se podía o no pensar o significar algo con eso de encerar unos anillos de cera. La cera, por su parte, se derritió sobre las tablas del piso y dibujó formas desafiantes que me intimidaron cuando no las miré. No tengo porque maltratar al tiempo manteniéndole esos detalles que no le competen dentro de mi narracion, en vez de eso preferí echarle encima las flores.
Nosotros, los embellecedores del pasado, sabemos que la única forma de conseguirlas es afuera del cementerio, ahí nacen las flores como peaje de entrada a nuestros muertos. Tanta belleza floral se desparrama, las flores cubrieron todo el suelo, fue un festín, solo para las moscas y para mí. Nos comimos todo, hasta el último pétalo flotando.
Cuando todos los adornos y las flores se acaban las moscas empiezan a comerse entre ellas, me evitan porque realmente no soy orgánico, no me puedo descomponer por que mi cabeza funcionaba, en ese entonces, con un motor interno a vapor y mis huesos fueron hechos originalmente de polímero sintético.
Al rato ya no queda nada, solo yo, no hay cielo, ni tierra, soy el único proyector. Con la única película que queda, el de las moscas haciendo desaparecer lo que queda, para luego hacerse desaparecer a ellas mismas. Cuando la película se acaba puedo ver de nuevo, las moscas se lo llevan, y de nuevo las moscas se lo llevan, los números que viven con sus manecillas en ese círculo, vuelan, muerden y caen, para luego repetir la escena en un precioso y aburrido infinito de depravación.
Decidí que es hora de apagar el proyector. Hoy traje esporas de unas flores grises que encontré dentro del cementerio, crecen en la oscuridad y se reproducen cubriendo todo con su particular belleza. El proyector sigue mostrando la repetida escena de la fiesta de moscas, no pasa mucho tiempo hasta que estas flores grises cubren el proyector, y ya no hay luz ni proyector para ver que tan lejos se podrían expandir las flores grises. Ya no puedo ver cual es el límite de la belleza invisible de estas flores que promete cubrirlo todo.
Para matar al tiempo hay que conseguir flores en los viveros que están afuera del cementerio. En cambio, para conseguir un poco más de tiempo hay que entrar en el cementerio y buscar entre lo que nos ofrece. Lo curioso de todo esto es que siempre, tanto dentro o fuera de esta institución mortuoria, el resultado es una plaga de números con manecillas que devoran y cubren todo.
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